La importancia del lenguaje inclusivo

En enero, me encontraba en la consulta de un dermatólogo de la Clínica Colombia de Bogotá esperando a que el doctor aprobase la realización de unas pruebas. Había viajado desde la costa para realizarme los exámenes y estaba impaciente por terminar con el tedioso papeleo administrativo.

Sin embargo, ya llevaba cinco minutos sentada frente al doctor y él parecía más interesado en mi acento, mi procedencia y mis rasgos físicos que en hacerme las pertinentes preguntas sobre la infección que tenía.

Bastó decirle que me dedicaba a la docencia y que no me encontraba en Colombia de vacaciones sino trabajando, para que él encontrase un nuevo tema sobre el que preguntarme: “¿Qué te parece que ahora haya que mencionar a la mujer en todo? Con esa maña que les ha dado con cambiar el lenguaje”.

En esos días, la alcaldía de Bogotá tenía que cambiar, por orden de un juez, un eslogan que decía “Bogotá, mejor para todos” e incluir a las mujeres añadiéndole “para todas”. El Concejo de Bogotá ya había aprobado en 2009 el Acuerdo número 381 por medio del cual se promovía el uso del lenguaje incluyente. No obstante, esta decisión se ha incumplido en otras ocasiones como en la sonada campaña sexista de Transmilenio.

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En uno de los avisos aparecía un hombre con traje y corbata hablando por teléfono en una de las estaciones de Transmilenio. La pieza gráfica se colocó con la leyenda:  “TransMilenio más seguro, incluso a la hora de los negocios”. En contraste, aparecían dos mujeres aparecían retratadas “a la hora del chisme”.

El dermatólogo parecía molesto con la decisión del juez y veía innecesario la inclusión de las mujeres en el eslogan.  “¿Usted se siente representado con el lenguaje?”, le pregunté. “Sí, claro”, me dijo. “Pues que suerte tiene señor, porque la otra mitad de la población no nos sentimos nombradas”, le repliqué.  En ese momento, el doctor comenzó a mencionarme la cantidad de memes que le habían llegado sobre el tema y a comentarlos en tono jocoso con su ayudante. Se rieron durante un rato, hasta que le pedí una vez más, por favor, que examinará mi pie para poder agilizar los trámites.

No es la primera vez que me sucede algo así -dedicar, cuando no procede, los primeros minutos a comentar aspectos de mi vida personal, privada o física- ni mucho menos, la primera ocasión que alguien saca este tema para a continuación reproducir información que ha leído en algún medio, citar a algún académico o gastar algún chiste o broma sobre el tema.

Han sido muchas las situaciones en las que he intentado mostrar mi perspectiva a varios hombres con la intención de que al menos se detengan un momento a escuchar. Intentos por lograr que entiendan algo muy simple:  que las mujeres no nos sentimos contenidas en la categoría de hombre.

En la práctica, esto significa que cada vez que alguien dice “chicos, ya podéis salir a jugar”, se espera que las chicas también nos sintamos convocadas. Que cuando nos dicen “los derechos del hombre”, las mujeres ya nos consideremos mencionadas, pero no es así.

Las mujeres somos sujetos sociales específicos. No somos ni más importantes ni menos relevantes. Somos simplemente la mitad de la humanidad y resulta que esta humanidad está construida y divida en géneros, nos guste más o menos, por lo tanto existen mujeres y existen hombres.

Lo que no se nombra no se ve y lo que no se ve no existe

Finalmente, como sucede en la gran mayoría de los casos, el eslogan de Peñolosa no se cambió ni se cambiará porque el Tribunal Superior de Justicia de Cundinamarca no lo considera pertinente.

Pero nuestra labor continúa y no pueden decaer los ánimos por contarles, a quienes aún no lo han entendido, de la manera más pedagógica posible, que “lo que no se nombra no se ve y lo que no se ve no existe”.

Cuando trabajamos con un grupo nuevo de mujeres, adolescentes o docentes siempre dedicamos una sesión completa para analizar lo simbólico y en ello, está el lenguaje. Después del análisis ninguna persona ha negado que es necesario construir nuevas realidades que sí nos representen a todas y a todos por igual.

Creemos importante analizar como en el sexismo lingüistico están ímplicitos una serie de roles, valores y actitudes que son casi siempre discriminatorios para nosotras y como a través de la lengua se transmiten estereotipos y prejuicios culturales.

Si queremos cambiar la situación actual de desigualdad, debemos hacer un esfuerzo por responsabilizarnos, entre otras cosas, de nuestro habla.

El lenguaje está vivo y en constante cambio, así que por favor, incorporemos la perspectiva de género en la construcción del mismo.

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