SANACIÓN PERSONAL Y RECONSTRUCCIÓN SOCIAL

El tejido social queda enormemente debilitado en aquellas comunidades que han sido violentadas a causa del conocido conflicto armado colombiano, que hoy en día sigue ocasionando la muerte de cientos de personas en el país.

Quienes han sufrido las consecuencias de las masacres, la violencia sexual y los múltiples delitos contra los derechos humanos cometidos en su mayoría en las zonas rurales del país, se retiran al ámbito privado ante la hostilidad del entorno en el que viven. Esta situación es aún más notoria si hablamos de mujeres. Sus relaciones con la comunidad se destruyen así como sus proyectos personales de vida.

La idea de desarrollar procesos productivos comunitarios con mujeres surge de esta necesidad de proponer y garantizar espacios de interacción  orientados a una sanación personal y a una reconstrucción colectiva de relaciones sociales para que sean más pacíficas. 

¿POR QUÉ PROCESOS PRODUCTIVOS?

La gente que habita en comunidades rurales donde se ha sufrido el golpe del conflicto armado han visto también cómo se ha transformado el reparto del territorio. Ahora, casi todas las tierras están en manos de grandes propietarios, en ocasiones de empresas multinacionales, la gente ha perdido la gran parte de sus cultivos. En este escenario, a las mujeres se les dificulta enormemente conseguir trabajo. 

El segundo objetivo por lo tanto de este programa se centra principalmente en la lucha contra la feminización de la pobreza y en mejorar las condiciones de vida de mujeres.

En Colombia, trabajamos en la región de los Montes de María y en La Guajira. 

FEMINIZACIÓN DE LA POBREZA

La pobreza tiene un impacto específico y severo en la vida de las mujeres. Su posición desigual dentro de la sociedad significa que tienen menos poder, dinero, tierra, protección ante la violencia y acceso a la educación, la sanidad y los espacios políticos.

Según datos de Naciones Unidas, el 60% de las personas que pasan hambre en el mundo de forma crónica son mujeres y niñas.  Ellas constituyen dos terceras partes de los casi 800 millones de personas analfabetas (cifra que no ha cambiado en las últimas dos décadas), ingresan de media un 60% menos que los hombres, poseen menos de un 20% de la tierra cultivable (a pesar de que más de 400 millones de agricultoras producen la mayoría de los alimentos que se consumen en el mundo) y sólo un 50% de las mujeres en edad de trabajar tienen un empleo, frente al 77% de los hombres.  Además, las mujeres asumen a diario un trabajo invisible que no está reconocido ni remunerado: el de los cuidados. 

Silvia Chant – siguiendo a Bradshaw y Linneker (2003)- asegura que la pobreza relativa de las mujeres está configurada por tres factores principales: primero, las mujeres tienen menos posibilidades de transformar el trabajo en ingresos; segundo, cuando las mujeres reciben ingresos, tienen más dificultades para transformarlos en capacidad de adopción de decisiones; y tercero, cuando las mujeres efectivamente toman decisiones, rara vez son para aumentar su propio bienestar, sino que probablemente estén orientadas a mejorar el bienestar de otras personas (2003:25).

Las formas y los modos en que las mujeres pueden acceder a los trabajos productivos determina, por otro lado, la fuerte relación de estas con la pobreza; en efecto, en las últimas 19 décadas, se ha analizado en profundidad y demostrado de forma suficiente que la gran mayoría de personas con claras deficiencias en sus necesidades básicas de subsistencia y calidad de vida son mujeres (y niñas). A esta situación se la ha dado en llamar feminización de la pobreza.

Ya Virginia Wolf, en su famoso ensayo de 1928 “Un cuarto propio”, se hacía eco de la pobreza de las mujeres como una característica específica de nuestro sexo que no nos permite acumular, distribuir o heredar riqueza tal y como los hombres han venido haciendo a lo largo de la historia. Para el pensamiento capitalista patriarcal, el trabajo de las mujeres sigue siendo considerado como secundario a su actividad principal vinculada a la reproducción biológica y ello, de por sí, deviene en la posición de subordinación que muchas mujeres adquieren en las actividades productivas mercantilizadas.

EN ARMONÍA CON EL ENTORNO

Por último nos gustaría mencionar que todos los procesos productivos se desarrollan de manera artesanal y tienen el menor impacto en el entorno en el que vivimos. 

Proyectos productivos artesanales desarrollados:

Elaboración de ‘Harina de yuca’ en San Jacinto (Montes de María, Bolívar)

Elaboración de aceite de coco en San José del Playón (Montes de María, Bolívar)

-Elaboración de mermelada de corozo en Cartagena de Indias (Bolívar)

‘Coquitos’, proceso productivo artesanal con el tejido en Riohacha (La Guajira) junto con la Fundación Talento Colectivo

-Laboratorio de innovación con el tejido en Cabo de la Vela (La Guajira)

 

Envíos a domicilio

Realizamos envíos a domicilios de los productos que desarrollamos en los procesos productivos, puedes contactarnos por WhatsApp:
+57 3005631045 (Colombia) 
o  +34 676136303 (España)

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